
Octubre de 2011. Comienzo de un nuevo curso, esta vez no era profesora contratada, sino que me dedicaba a mi nuevo proyecto profesional. Pero me dieron uno de aquellos cursos de extranjeros, cuatro horas semanales. Una de esas asignaturas encadenadas dedicadas a la literatura que llevaban el mismo título, seguido de diferentes números. A mí me correspondió el número dos.
Cuatro horas de clase fue lo único que pude dar. Después de eso, recibí un email: la directora de aquellos cursos había decidido que había pocos alumnos este cuatrimestre, y dado que había tres asignaturas de literatura con números correlativos y todas tenían un número reducido de alumnos, había decidido eliminar todas menos la primera, a la que derivaría a todos los chicos. Por un criterio cronológico, por cierto: si iban a dejar solo una, les pareció lo mejor dejar solo la asignatura dedicada a la Edad Media.
Esa es la clase de decisiones que no alcanzo a comprender, se les ofrece a estos niños una variedad de cursos incluidos en el programa, que por cierto pagan bastante caro; un programa en el que, entre otras cosas, les prometen que los grupos de clase serán muy reducidos. La argumentación fue que sin un mínimo de diez alumnos por curso no sale rentable el programa. Yo tenía nueve, más uno que me había escrito diciendo que estaba interesado pero que no llegaba a Sevilla hasta la siguiente semana. Lo comuniqué, por supuesto, pero me dijeron que era demasiado tarde, que ya se había tomado la decisión y no había marcha atrás. Admito que aquella tarde lloré de rabia, odio cuando el mundo funciona de esa forma.
Cuando hubiese correspondido dar la siguiente clase, yo estaba en mi casa pensando en eso. De pronto, una hora y media después recibí un email: «La directora de los cursos ha reconsiderado su decisión. La clase se restablece a partir del próximo día». No lo podía creer.
Me pasé la noche pensando qué habría sucedido, y a primera hora del día siguiente llamé a la secretaria de los cursos. Ella me explicó que, como se hace siempre, se había informado a los tutores de estos chicos de que mi clase se suspendía y de a qué clase debían ir al día siguiente. Sin embargo, todos ellos se reunieron a la hora de clase en mi aula vacía. Los diez. Decidieron que no les daba la gana, fueron a protestar argumentando que ellos estaban interesadísimos en este curso (y no en el otro), de modo que no querían cambiarse. Y no se movieron de allí hasta que les dijeron que de acuerdo, que podían seguir asistiendo a mi clase.
Volví a llorar, pero esta vez de emoción. Yo había querido ser profesora de literatura desde muy pequeñita, pero cuando vi aquella película, El club de los poetas muertos, como tantos otros profesores de literatura sentí envidia de aquel profesor Keating que había horadado tanto en los aletargados espíritus de sus alumnos. Y, de pronto, me sentía como él. Me quedé sin palabras, reviviendo la escena final de la película en mi mente, y uniéndome a John Keating en ese emocionado: «Gracias, chicos. Gracias».
¡Oh, capitán, mi capitán! Qué emocionante todo…
Si, es muy emocionante. Me recuerda también a otra pelicula que se llama “Diarios de la calle”, con Hillary Swank como profesora en un instituto conflictivo, y ella lucha por sus alumnos y al final son sus alumnos los que luchan por ella.
Qué gratificante.
He podido sentir tu emoción… Preciosa película, por cierto!
Solo puedo decir que siento una gran envidia de tus alumnos, ellos si que tuvieron suerte contigo porque lo que marca un profesor solo lo aprecias en cuanto pasa un poquitillo de tiempo, que pasa rápido y traidor.
Un beso y no pierdas nunca la ilusión, mi querida profesora.
Por cierto, olvidé mencionar que una película deliciosa es “Empero`s club”, me encantó, dejo un enlace.