
Por si fuera poco, aquel año compaginé mi contrato como PSI con los cursos para norteamericanos. La última vez (aunque yo aún no lo sabía) que daría Teatro Español del Siglo de Oro, ya que la dirección de los cursos, con cuyo criterio no estoy siempre de acuerdo, decidió modificar todo el programa de oferta de cursos por otro completamente diferente para que resultase más atractivo a estos alumnos. Por eso, esta fue la última vez que se impartió este curso (yo lo había hecho durante varios años). Para mí, fue la mejor.
Como con mis alumnos de licenciatura, mi objetivo es que comprendieran lo que significaba el teatro en el siglo XVII, su dimensión espectacular, su efecto en el público. Al ser alumnos extranjeros, no podía abrumarlos con tantas lecturas, así que decidí explayarme en el ambiente y estudiar una única obra teatral. Elegí una que, para mi gusto, es bastante completa y que, según mi experiencia, funciona muy bien con los alumnos norteamericanos: El caballero de Olmedo, de Lope de Vega. El caballero de Olmedo lo tiene todo: escenas cómicas y dramáticas, amor y celos, magia y religión, fantasmas y fiestas, toros y espadas.
Pero la peculiaridad de estos cursos de americanos es que las universidades extranjeras demandan (y así lo hicieron constar expresamente hace varios años) que las asignaturas tengan una dimensión más práctica, lo cual se ajusta muchísimo a mi estilo docente natural, que nunca aplicaría en la licenciatura porque si ya me miran con cara de extrañeza por mis clases con Power Point y vídeos… En fin, al principio de curso les propuse a estos alumnos una práctica: yo seleccionaría algunas escenas de la obra de lectura, y ellos decidirían una para representar y un tipo de público del Siglo de Oro. En la última clase, transformaríamos el aula en un corral,
cada miembro del público se situaría en su lugar y, por turnos, subirían al improvisado tablado a representar su escena. La idea era intentar experimentar el teatro tal y como era en el Siglo de Oro. Podían invitar a amigos, siempre y cuando estos viniesen instruidos en algún tipo de público y participasen, por tanto, en la dinámica.
No negaré que trabajé mucho: visité todas las aulas de nuestra vieja facultad, buscando cuál sería la más apropiada. Cuando la hallé, la reservé con antelación y empecé a imaginar cómo transformarla en un corral verosímil. Imprimí reales y maravedíes, que repartí entre los alumnos para que pagasen su entrada en el corral, y yo misma me transformé, caracterizándome como empresario teatral y vendedor de aloja y fruta confitada.
Aquella ha resultado ser una de mis mejores experiencias pedagógicas. Los alumnos se metieron en el papel y demostraron que habían aprendido muchísimo de la fiesta teatral barroca: el orden de entrada en el corral, el comportamiento de cada grupo de público y su caracterización, el rasgueo inicial de guitarra, la forma de interpretar de los actores áureos, el ruido de los mosqueteros, el jaleo de la cazuela, las actividades en los aposentos, los entremeses, el baile final… Me sentí realizada como profesora y pasamos (todos) un rato genial.
Te lo he dicho ya alguna vez, pero ¡qué envidia me dan tus alumnos!